domingo, 27 de septiembre de 2009

serdos y peses

Un oficinista atrapado en una desierta estación de campo porque el boletero rehusa darle cambio. Trenes que pasan de largo porque el boletero no hace señas. Para qué, si no hay pasajero con boleto. El protagonista prisionero, resignado, se suma a la curiosa familia del boletero y su maternal esposa, integrada por otros trabajadores de ciudad igualmente presos. La lejanía con Cortázar es inmensa: la normalidad perdida, el mundo de la ciudad con esposas, hijos, dinero, trabajo, que en Cortázar es siempre insatisfactoria rutina, acá se añora. Los hombres lloran, no llora la voz que narra, lúcidamente ajena, apenas socarrona, apenas irónica. Y en cuanto a este lado ominoso que un azar les ha permitido transitar, también es rutinario y estúpido: papá Pe y mamá Fi, los boleteros, enseñan a trabajar el campo y preparan deliciosas tortas que ofrecen en escenas artificiosas, irrisorias, de felicidad familiar. Queda el escape heroico, y ocurre. Pero tanto heroísmo no vale la pena porque cuando por fin los oficinistas logran detener el tren y huir, también por fin bajan del tren los oficinistas que querían llegar y no podían, y el andén, que "ha sido para ellos un sitio de amargura y miedo", "sin embargo ahora se asemeja a la civilización alegre de la Capital. Una última sensación común a todos es de espanto: intuir que al llegar a destino ya no habrá nada".
Nada. Nada que buscar ni que explorar, tampoco nada valioso que proteger, nada del lado de acá, del preciado orden. Ni anhelo de orden ni anhelo de desorden, constatación de un vacío que cubre todo. La grieta fantástica lleva a algo que no es mejor ni peor, quedarse o dejar "la zona" es lo mismo. La única certeza es la lucidez de saberlo.